miércoles, 3 de octubre de 2007

El poder tras el trono

Los ecos sordos de las milenarias piedras al derrumbarse todavía resonaban fuerte en los oídos de todos ellos. Solamente habían pasado un par de días desde que dejaran el pueblo maldito de Wiggenstain. Allí la sangre de demonios y satánicos habían teñido de rojo oscuro sus espadas. Los aldeanos podrían disfrutar de un merecido descanso, aunque el mal que se había introducido en la tierra perduraría durante muchos años.

Río arriba, navegando con calma, remontaba un navío mercante. Su capitán era cuanto menos extraño; nacido en los reinos élficos no había podido encontrar refugio entre las ramas y los campos. La obsesión del gran azul, en el que tantos de los suyos habían perdido la cordura, cada día crecía con más fuerza en su corazón. Cerca de él se encontraba un mediano llamado Moflee, arrastrando un peado mandoble que manejaba con la misma destreza de un director de orquesta una varita; su mente estaba perdiendo la cordura hasta el punto de creerse reencarnación del mismísimo Sigmar Sledgehammer.
Bajo la cubierta el resto de la tripulación no inspiraba más confianza. A través de la puerta de los camarotes se podía escuchar los cánticos graves entonados por el enano Góldomer no hablaban de batallas diferentes a las del amor, ni de tesoros distintos al de la belleza. Pulcro y elegante, solo su tamaño y su barba hacían que los ojos creyeran lo que los oídos no podían. Alejada en un rincón y estudiando un libro extraño una muchacha jovén y vivaz se centraba en el estudio de la alta magia. Gathil, pues asi se llamaba, había embarcado como guía de la baronía, pero ahora era miembro de pleno derecho.
Por último, y jugando con una moneda de dos caras, Griff, o Raftor como se hacía llamar de vez en cuando, se dedicaba a clasificar, tasar y comprobar cada pieza de oro, cada elemento de porcelana que habían tomado como recompensa.

Partieron a Middenheim, donde habrían de descubrir quién, o quienes, poseen El Poder Tras El Trono.